Category: Yo


Algo verdadero


Empujé los dedos en las sienes empapadas en busca del interruptor off. No funcionó, así que intenté pasarme el dedo corazón y el indice rápidamente por el rostro, alante y atrás, alante y atrás, pero no, no me borré. “No tienes que escribir algo original, sino algo verdadero”. Así me dijo. Vale, muy bien. Me acordé de esa mañana en la playa, cuando caminaba de un lado al otro cerca de los cambiadores y un niño de mi misma edad se me acercó para preguntarme si estaba loca. Estaba fantaseando de princesas y dragones. ¿Cómo le iba a decir algo verdadero a ese pequeño cerebro?. Opté por la vía más fácil. “Sí”.

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Mirando la piel de cerca en el pequeño espejo, aparecían manchas bronceadas. Formaban una estrecha red, como en los retratos compuestos por miles de pequeñas fotos. Mientras esperaba con las manos enfundadas en el abrigo verde -que le arropaba perfectamente las espaldas, pero demasiado largo para sus brazos- pensó que quizás era hora de ponerse a régimen. Los pasajeros que salían del metro apresurados intentaban no pisar el gato blanco de ojos diabólicos que se balanceaba bajo el peso de las pilas. Él le habría dado un abrazo vacío al llegar. Lo sabía. Y lo tuvo aún más claro cuando escuchó dos amigas pasear a su lado hablando en inglés en voz alta, como si no les importara que les escucharan. Habían quedado para sus cuentas pendientes con Madrid o para retrasar su llegada a casa. Se lió un cigarro y apuntó en la libreta: “Escribir de mi en tercera persona”. Se secó los mocos rápidamente porque no quería que él le viera así. No después de tanto tiempo. El abrazo y el vacío tardaban.


La única manera para que los dos nos quedáramos sin monedas era seguir apostando. Pero no lo hicimos.

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Una ligera abofetada en la mano indicaba el momento en el que su marido debía dejar de comer pasteles. Siempre escogía el más dulce, el en forma de teta, enfundado debajo de una espesa capa de azúcar. Domingo, pasta con tomate, carne asada bien hecha, ensalada, queso picante porque no somos pobres y no nos falta nada, fruta, café, postre. En los días más revolucionarios, las costillas se sustituían con una fritura de pescado, una montaña de bichos rebozados que tenían que llegar a la mesa todos a la vez en una pirámide en la que los fríos y los calientes se mezclaban sin piedad. No había ninguna clase de equilibrio, como si fuera el día del juicio universal. Ahí estaban, con los ojos abiertos y una manta de harina dorada. Los peces desprendían cierta ternura en esa postura, uno encima de otro, cabeza contra cola. Esa masa informe tenía como único objetivo disipar cualquier duda sobre las facultades económicas de la familia. Aunque tuvieran un estilo de vida simple, él obrero y ella ama de casa, no eran pobres. Ellos también tenían derecho a un salón con los sillones recubiertos de plástico, azulejos de manchas grises y un pájaro de cerámica que protegía desde lo alto de las estanterías los únicos libros presentes en casa. Se trataba de 12 tomos de una enciclopedia muy popular en los años pasados, relegada en piel postiza roja, que sus cuatro hijos habían utilizado a lo largo de sus estudios, generación tras generación y que ignoraba la existencia de la oveja Dolly entre otras cosas.

Los pantalones beige del abuelo cada vez subían más arriba, a medida que su vientre se ensanchaba. Llevaba una camiseta de tirantes blanca y se negaba a comer con otra cosa que no fuera su tenedor pesado. Era una confirmación. Cada macarón destripado lo era.

Sobre él caía la responsabilidad de comprar los pasteles domingueros a la vuelta de la iglesia. La cúpula de azúcar para el yerno, milhojas para la hija, lo que sea con chocolate para los nietos, uno en forma de hongo mojado en licor para él, una pasta similar a un cuerno para su esposa. Y mientras abría con sus dedos pocos sensibles el envoltorio blanco con letras doradas, el Nápoles marcó su primer gol.

Yo también


Podías haber tenido esta cara u otra. Me da igual. Con barba, sin gafas… ¿qué más da? Somos todos buenos para decir:”Yo también”. Libro acabado, capítulo cerrado. Aprendí a comprarlos en otro idioma para no tener excusas para dejártelos. Era la única manera para dejar de ver el metro como una cremallera.

Muy señor mío


Me había descalzado de mi vida para hundirme en tus carnes. Fue casi instintivo el movimiento con el que deslicé el libro debajo del abrigo para no compartir la intimidad de la lectura. Desde que nos habíamos convertido en desconocidos era lo único que nos quedaba. Con los brazos en cruz para contener el apetito y la ira del mundo. La banda sonora de ninguna historia, entrañable, como una tienda de alquiler de vídeo. Muslos inmensos, perdidos. Rodillas contra la pared. Te ofrecí un ramo de venas. Y la piel y los huesos y omóplatos renegados, casi alados.

Sombra de mamut


He hurgado en tu garganta y en tus bolsillos, en el movimiento cosquilloso del bigote. Ni rastro del “No es así”. Dibujé una coma impertinente que escrutaba mis pensamientos desde que se había separado de mi meñique. ¿Eso fue antes o después de que me partieras el corazón? La hora da igual, la mecánica tampoco me interesa (te lo dije). Yo pensaba en ti y apareció en la tele un perro blanco con cuatro zapatillas amarillas. Poco cambia si fue antes o después, todo sigue igual entre el dulce balanceo de los flecos. No puedo escuchar este tiovivo de palabras mientras piense en el moto contrario de gafas y pantalones. Es papel, papel mojado. Las manos, la puerta y la escalera. La vecina y el alma del viejo. El hueco de la bici que ya no está. La línea azul entera. Con la misma reverencia que reservas para despertar de los sueños y de la ilusión que la sombra china de los dedos sea el perfil de un mamut.

 

Obscena intimidad


Entonces los tópicos se convirtieron en realidad. Y te pregunté con la mirada. Lo que pasa entre los labios y el mar es un secreto a voces. Lo que siento no ha cambiado y probablemente no vaya a hacerlo. Doce palabra. 51 caracteres. 61 con espacios incluidos. Siempre te he considerado algo más que un mercante. Yo, tú, pie, estómago.

Día 87


Lo que siento no ha cambiado y probablemente no vaya a hacerlo.

Finché morte non ci separi


Pienso en ti. Pero poco. Yo soy yo y tú eres tú. La chancla casi estorbaba al prohibir que el pie se anclase al suelo. Meneó la cabeza, quizás por última vez. Secreto que suena como un suspiro. Ya no me hace tanta gracia. He ahorcado agosto sin querer del calendario y acabo de darme cuenta.