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“Locura es cuando la fruta se mezcla con sangre de inocentes”

El escritor iraquí Hassan Blasim denuncia lo que ocurre en su país a través de su peculiar idea de demencia

Hassan Blasim (Irak, 1973) está muy cuerdo. En parte es por eso que se ganó el exilio a Finlandia. El loco de la Plaza de la Liberación (Comma Press, 2009), su debut como escritor, hizo todo lo demás. El macabro y surrealista mundo en el cual Blasim arrastra a su lector en esta antología de relatos breves, por desgracia no es fruto de locura. “El entero vecindario era un hospital psiquiátrico a cielo abierto”, resume uno de los protagonistas. Blasim es el primer escritor iraquí a dar la voz desde el interior a un pueblo entero que se enfrenta a la desesperada necesidad de una terapia de masa. 

PREGUNTA: El loco de la Plaza de la Liberación, el relato que da el nombre al libro, se abre con un excomposidor de himnos nacionales que se vuelve loco y empieza a imprecar contra dios y su país. ¿Está seguro de que se trata de un loco?

RESPUESTA: No. Es un testigo aturdido que vive entre el horror impresionante, la muerte y la destrucción  que están ocurriendo en Irak.

P: ¿Por qué ha decidido introducir un personaje loco en su relato?

R: No he optado por el tópico del loco en mis relatos. Más bien he recurrido a testigos en condiciones extremas, que se encuentran en este estado similar a la locura como resultado de lo que viven a diario: la guerra y el odio. En realidad, estos testigos están más cerca de la novela negra que de la locura. Lo que está pasando en Irak en las últimas tres décadas no puede definirse locura. Se trata de una matanza sistemática perpetrada antes por el régimen tiránico y luego por los militares de EE UU, aunque con distintos objetivos. La antigua dictadura destrozó la sociedad civil. Los  estadounidenses llegaron para poner fin a todo esto, pero dejaron el país como una plataforma abierta para los movimientos fundamentalistas islámicos apoyados por los países vecinos. Las historias que cuento en mi libro atraviesan un puente entre las viejas pesadillas y las actuales, que son el doble de grandes.

P: ¿Cree que escribir una historia como la suya significa estar loco?

R: Escribir para alguien puede ser un alegre oficio. Para otros es un placer, una exploración y un pulmón más para respirar en el mundo de la imaginación.

P: ¿Entonces qué significa loco?

R: Loco es quien pierde el estado de paz mental. Locura es un coche que explota y esparce tu cuerpo y el cuerpo de tu hija en decenas de pequeños trozos mientras estás comprando un quilo de manzanas y tomates en el pobre mercado local. Locura es cuando la fruta se mezcla con sangre y carne de personas inocentes. Locura es cuando quedamos como títeres en el juego del capitalismo amenazador.

P: ¿Echa de menos a su país?

R: Echo de menos a mi familia y mis amigos.

P: ¿Irak se ha convertido en un mejor lugar desde que empezó la guerra?

R: No. Al revés, va de mal en peor. Bajo la antigua dictadura se nos pedía de guardar el silencio y obedecer para poder llevar adelante una vida miserable. Hoy, en cambio, incluso si te quedas callado y tranquilo, tu vida miserable podría ser aplastada por una bomba o un proyectil que caen justo sobre tu casa. Y si quieres hablar, las armas se ocuparán de dejarte en silencio, como le pasó a mi querido amigo periodista Hadi Mahdi. Le asesinaron hace unos meses porque su voz contracorriente que era capaz de ir directa hacia la corrupción les preocupaba.

P: ¿Cómo ha cambiado en los últimos años?

R: Antes de la guerra estábamos en las manos de un partido y ahora estamos en las manos de partidos corruptos, religiosos y no religiosos. También estamos en las manos de las milicias, que ahora se esconden. Son los militares los que prendieron la mecha de la guerra sectaria en 2006. A pesar de todo, no soy muy pesimista. Sigo esperando que los recientes cambios en los países árabes sirvan de inspiración para muchos jóvenes iraquíes para que exigan sus derechos, libertades y acaben con el sectarismo y la corrupción.

 

(Trabajo para la Escuela de Periodísmo UAM-EL PAÍS)


Son 241.372 para unas doscientas plazas. Algo parecido a una oposición, pero estamos hablando de los musulmanes que residen en la Comunidad de Madrid y del número de plazas de las cuales disponen en el cementerio islámico de Griñón, el único de la región.

Cada rincón de este pequeño terreno está muy bien aprovechado. Entre tumba y tumba, solo hay unos centímetros, cubiertos por hierbas altas. Sin fotos, ni flores. “Así estamos todos iguales delante de Alá. No hay guapos y feos, ricos y pobres”, cuenta el encargado del cementerio. Imposible aplicar una edad a su rostro, surcado por centenares de pequeñas arrugas. Le cuesta hablar español, aunque llegó desde Ksar el Kebir, en el norte de Marruecos, hace más de diez años. Desde entonces se ocupa del cementerio y de la pequeña mezquita anexa.

Su hija interviene para hacer de intérprete, pese a que le cueste un poco encontrar las palabras adecuadas. “Todo eso era del muyahidin español de antes”, un tal general Francisco Franco. Una vecina de origen hispano-marroquí cedió la propiedad al gobierno español durante la Guerra Civil para enterrar a los soldados de la colonia norteafricana de la Guardia Mora que caían en los campos de batallas en los alrededores de la capital. El terreno fue posteriormente cedido al Consulado de Marruecos en Madrid, que desde hace más de 25 años se encarga de la gestión y de los gastos ocasionados por el campo santo. Sin embargo, nadie se ha molestado todavía en quitar el cartel colgado en la entrada, que sigue llevando la inscripción de cementerio militar.

En la necrópolis prima la austeridad, por no decir que está algo descuidada. No hay espacio para grandes monumentos y las lápidas, todas orientadas hacia La Meca, están hacinadas. Algunos nombres están grabados de manera rudimentaria sobre el cemento. Algunas sepulturas solo se reconocen por los montículos de tierra y los ladrillos, encajados en el suelo, en posición vertical. En una esquina se acumulan las herramientas para los entierros y unos pocos féretros vacíos.

Algunas tumbas llevan apenas el nombre del difunto y su país de origen. Los marroquíes enterrados aquí son muy pocos, a pesar de representar casi la mitad de los fieles de Mahoma en España. Según Rahmouni, prefieren ser repatriados para ser enterrados en su país natal. La mayoría de los fallecidos que descansan en Griñón viene de Oriente Medio, Irak, Irán, Pakistán, Sudán, Egipto. Son chiíes y suníes. Pero también hay españoles. Al lado de oraciones del Coran en árabe, algunas lápidas llevan impreso el último saludo de los seres queridos en español.

Pese a la superpoblación de los muertos, en el recinto no hay rastro de vivos. Justo detrás de la mezquita, la situación es completamente distinta. Allí se encuentra el cementerio “normal”, como dicen los habitantes de la zona, para no confundirlo con “el de los moros”. En una profusión de fotos, estatuas, cruces y señoras que dan brillo a las lápidas, los vecinos ignoran por completo los problemas de espacio que existen al otro lado de la pared.

El cálculo es rápido. Cada año se celebran unos 200 enterramientos y no se reutilizan las tumbas hasta pasados medio siglo. Dentro de dos o tres años, no habrá sitio para los difuntos de una comunidad en expansión.

Riay Tatary Bakry, el imán de la Mezquita Central de Madrid (en el barrio de Tetuán) y Presidente de la Unión de Comunidades Islámicas de España, es bien consciente de la gravedad de la situación.“Llevamos años pidiendo más espacios, pero no hemos conseguido nada. Desde 2006 el tema está paralizado. En aquel entonces el alcalde de Madrid habló de destinarnos 10.000 metros cuadrados en el cementerio de Carabanchel, en calidad de parcela para extranjeros”. El borrador del Ayuntamiento cargaba todos los costes a la comunidad musulmana. “Lo hemos rechazado”, explica el imán. “Queremos ser tratados como ciudadanos españoles de fe musulmana”.

Las peticiones de la población islámica son muy simples: un cementerio más amplio y en Madrid capital, puesto que los traslados de cadáveres de un municipio a otro pueden ser complicados y costosos.

Desde el consistorio se defienden: “En los cementerios municipales hay espacio para todos, con zonas destinadas a los que no son católicos”, explica un funcionario, recordando que además existe una cuestión sanitaria que no puede ser ignorada. Los musulmanes piden que se respete su rito funerario, en el que el muerto se entierra sin féretro. En Griñón, se trata de una práctica común. La ley islámica dicta que el imán o los familiares tienen que despojar al cuerpo de las joyas y lavarlo minuciosamente (Al-Ghusul), para eliminar los pecados. A continuación el cadáver se embalsama y se envuelve (Al-Kafan) en varios trozos de tela blanca, perfumados con incienso. Después de una última oración, se entierra al difunto con la cara mirando hacia La Meca, en contacto directo con la tierra. Tatary sostiene que en todo momento se respeta la normativa sanitaria. “No se puede enterrar a alguien sin ataúd si han pasado más de 24 horas desde el fallecimiento o si tenía alguna enfermedad”, aclara.

La situación nacional es todavía más confusa. Los cementerios islámicos se pueden contar con los dedos de una mano: son 14 para un millón y medio de fieles. Para complicar aún más el escenario, cada comunidad ha adaptado la reglamentación sanitaria en materia de defunciones según sus propios criterios. Así, mientras en Andalucía y Murcia se permite a los musulmanes que sean enterrados con el cadáver envuelto en una sábana, en Valencia se les obliga a utilizar féretro.

Un fiel que ha acudido a la mezquita de Tetuán para la oración del mediodía cuenta que uno de sus amigos, que vive en Badajoz, tuvo que enterrar a un familiar en Griñón, puesto que en Extremadura no existen cementerios islámicos. “Cada vez que quieren visitar su tumba, tienen que viajar a 400 kilómetros de distancia”, dice. Y añade: “Por lo menos ha tenido suerte, porque en otros sitios (como Granada, Murcia o Sevilla) niegan el entierro de fallecidos que no estén empadronados allí”.

Frente a este escenario tan desolador, los musulmanes de la comunidad de Madrid tienen pocas alternativas. Una de ellas, cada vez más frecuente, es la repatriación del cuerpo al país de origen, que en el aproximadamente 90% de los casos suele ser Marruecos.

Marilo Hidalgo, de la empresa Cacesa (una compañía que pertenece a Iberia y que se dedica al envío de paquetes a todo el mundo), explica que los trámites para este servicio son muchos y suelen requerir bastante tiempo, puesto que se necesitan permisos especiales desde las embajadas. En general, el precio suele rondar los 3.000 euros.

Para los que no puedan permitirse este gasto, siempre queda una segunda opción. Recorrer a cementerios privados pluriconfesionales, como el de Alcobendas, que hasta practica ofertas, como la sepultura de dos cuerpos en un plazo de cien años por poco más de 10.000 euros.

Queda un último as en la manga de la Comunidad: actuar como el alcalde de un pequeño pueblo francés que hace unos años, en protesta contra la falta de espacio en el cementerio comunal, prohibió a sus ciudadanos morirse.


Mouhannad Almallah Dabas, absuelto por el Tribunal Supremo en el juicio para los atentados de Madrid del 11-M, estaba acusado de pertenecer a Al Qaeda en España y de haber prestado apoyo al terrorista suicida de Leganés:

Edición: Tiziana Trotta, Vicente S. Font, Andrés R. Gavino (Esc. de periodismo UAM-EL PAÍS)

Música: Marcel Khalife


Casi 500 presos se fugan de una cárcel a través de un túnel de unos 300 metros, excavado desde el exterior. No es el guion de una peli de segunda categoria, sino lo que ha ocurrido el pasado lunes en una de las prisiones supuestamente más seguras de Afganistán, el país donde la OTAN está “exportando la democracia” en una guerra que empezó hace diez años.

Estamos en Kandahar, en el sur del país, en un penitenciario donde están recluidos traficantes de drogas y muyahidines, en una zona bastión del movimiento talibán. A muchos les sonará esta ciudad. Fue ahí donde hace tres años unos detenidos empezaron una huelga del hambre e incluso se cosieron los labios en signo de protesta contra el trato inhumano. Fue ahí donde estalló una bomba y unos mil presos se dieron a la fuga.

No cabe duda del por qué Kandahar no está incluida entre las primeras regiones para la transición, que en teoría tendría que llevarse a cabo para finales de 2014. Éste es el clima de seguridad que nuestros militares han creado en Afganistán. Un contexto en el cual sería más honesto que los talibanes abrieran la puerta y salieran por la entrada principal, sin necesidad de hacernos creer que no contaban con apoyo de los funcionarios de prisión.

¿Qué ha ganado Afganistán? La corrupción sigue siendo la misma y la miseria, también. Así como la denutrición infantil, el escaso acceso a agua potable, las epidemias de tubercolosis y de malaria. Ahm, casi se me olvidaba! Un millón y medio de muertos en los últimos treinta años y cuatro millones de prófugos.


El próximo lunes entrará en vigor en Francia una nueva ley para limitar el uso del velo integral en los espacios públicos. Resumiendo el punto de vista del Gobierno de Nicolas Sarkozy: en las calles se puede andar con una máscara de soldador, gafas, bufandas, fulard, un casco, incluso todo a la vez.  Las monjas no tendrán que descubrirse la cabeza. Ni los caballeros o los obreros. Ni se tomarán en cuenta pelucas y narices rojas de payaso. La gorra del papa, ni las plumas de la reina de Gran Bretaña. Un único elemento queda fuera del listado de objetos autorizados: el velo islámico.

La buena noticia es que una mujer con niqab o burqa podrá llevarlo en su coche, considerado espacio privado. La mala noticia es que no podrá bajar del coche, puesto que se le impide llevar la cabeza cubierta en teatros, cines, tiendas, calles, playas, parques, transportes públicos y un largo listado de etc. Transgredir esta norma podría salir caro: hasta 150 euros o trabajos de pública utilidad.

Por lo menos la ley no autoriza la policia a arrancar el velo. No queda otra para las mujeres que desean llevar niqab o burka: siempre pueden substituirlo por una máscara de esgrima.