Mirando la piel de cerca en el pequeño espejo, aparecían manchas bronceadas. Formaban una estrecha red, como en los retratos compuestos por miles de pequeñas fotos. Mientras esperaba con las manos enfundadas en el abrigo verde -que le arropaba perfectamente las espaldas, pero demasiado largo para sus brazos- pensó que quizás era hora de ponerse a régimen. Los pasajeros que salían del metro apresurados intentaban no pisar el gato blanco de ojos diabólicos que se balanceaba bajo el peso de las pilas. Él le habría dado un abrazo vacío al llegar. Lo sabía. Y lo tuvo aún más claro cuando escuchó dos amigas pasear a su lado hablando en inglés en voz alta, como si no les importara que les escucharan. Habían quedado para sus cuentas pendientes con Madrid o para retrasar su llegada a casa. Se lió un cigarro y apuntó en la libreta: “Escribir de mi en tercera persona”. Se secó los mocos rápidamente porque no quería que él le viera así. No después de tanto tiempo. El abrazo y el vacío tardaban.

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