Una ligera abofetada en la mano indicaba el momento en el que su marido debía dejar de comer pasteles. Siempre escogía el más dulce, el en forma de teta, enfundado debajo de una espesa capa de azúcar. Domingo, pasta con tomate, carne asada bien hecha, ensalada, queso picante porque no somos pobres y no nos falta nada, fruta, café, postre. En los días más revolucionarios, las costillas se sustituían con una fritura de pescado, una montaña de bichos rebozados que tenían que llegar a la mesa todos a la vez en una pirámide en la que los fríos y los calientes se mezclaban sin piedad. No había ninguna clase de equilibrio, como si fuera el día del juicio universal. Ahí estaban, con los ojos abiertos y una manta de harina dorada. Los peces desprendían cierta ternura en esa postura, uno encima de otro, cabeza contra cola. Esa masa informe tenía como único objetivo disipar cualquier duda sobre las facultades económicas de la familia. Aunque tuvieran un estilo de vida simple, él obrero y ella ama de casa, no eran pobres. Ellos también tenían derecho a un salón con los sillones recubiertos de plástico, azulejos de manchas grises y un pájaro de cerámica que protegía desde lo alto de las estanterías los únicos libros presentes en casa. Se trataba de 12 tomos de una enciclopedia muy popular en los años pasados, relegada en piel postiza roja, que sus cuatro hijos habían utilizado a lo largo de sus estudios, generación tras generación y que ignoraba la existencia de la oveja Dolly entre otras cosas.

Los pantalones beige del abuelo cada vez subían más arriba, a medida que su vientre se ensanchaba. Llevaba una camiseta de tirantes blanca y se negaba a comer con otra cosa que no fuera su tenedor pesado. Era una confirmación. Cada macarón destripado lo era.

Sobre él caía la responsabilidad de comprar los pasteles domingueros a la vuelta de la iglesia. La cúpula de azúcar para el yerno, milhojas para la hija, lo que sea con chocolate para los nietos, uno en forma de hongo mojado en licor para él, una pasta similar a un cuerno para su esposa. Y mientras abría con sus dedos pocos sensibles el envoltorio blanco con letras doradas, el Nápoles marcó su primer gol.

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