Casi 500 presos se fugan de una cárcel a través de un túnel de unos 300 metros, excavado desde el exterior. No es el guion de una peli de segunda categoria, sino lo que ha ocurrido el pasado lunes en una de las prisiones supuestamente más seguras de Afganistán, el país donde la OTAN está “exportando la democracia” en una guerra que empezó hace diez años.

Estamos en Kandahar, en el sur del país, en un penitenciario donde están recluidos traficantes de drogas y muyahidines, en una zona bastión del movimiento talibán. A muchos les sonará esta ciudad. Fue ahí donde hace tres años unos detenidos empezaron una huelga del hambre e incluso se cosieron los labios en signo de protesta contra el trato inhumano. Fue ahí donde estalló una bomba y unos mil presos se dieron a la fuga.

No cabe duda del por qué Kandahar no está incluida entre las primeras regiones para la transición, que en teoría tendría que llevarse a cabo para finales de 2014. Éste es el clima de seguridad que nuestros militares han creado en Afganistán. Un contexto en el cual sería más honesto que los talibanes abrieran la puerta y salieran por la entrada principal, sin necesidad de hacernos creer que no contaban con apoyo de los funcionarios de prisión.

¿Qué ha ganado Afganistán? La corrupción sigue siendo la misma y la miseria, también. Así como la denutrición infantil, el escaso acceso a agua potable, las epidemias de tubercolosis y de malaria. Ahm, casi se me olvidaba! Un millón y medio de muertos en los últimos treinta años y cuatro millones de prófugos.

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