Cuando veo a alguien lanzarse sobre un asiento libre del metro, pienso en los Ejercicios de Estilo de Queneau y, acto seguido, me da ganas de aplaudir hasta pelarme las manos y gritarle: “¡Muy bien! ¡Enhorabuena! ¡Lo lograste! ¡Sí que se puede! ¡Tú puedes! ¡Te lo mereces!”. Levantaría su puño por encima de las otras cabezas sentadas para que todos se unieran a esta orgía de tripudio. Los túneles mugrientos cambiarían color hasta convertirse en un caleidoscopio. Sí, una música triunfal sería lo adecuado ahora. Gracias. Y luego pienso que estoy escribiendo detrás de un ticket, que si mi amiga quisiera, no podría cambiar el regalo, tendría que darle a la vendedora todas estas chorradas, pero hubiese podido tranquilamente escribir por la otra cara ya que la tinta apenas se ve.

He soñado con que era la novia de un tipo que parecía salido de una peli de Ken Loach y esperaba que pasara el verano para deshacerme de él como de las sandalias.

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